Una ciudad se quemó anoche; sus casas, la iglesia, las escuelas y miles de metros de huertos. Una pequeña aldea que quedaba cerca de la ciudad no sufrió daño, pero en ella sólo vivía un hombre: Don Manuel, un anciano de 86 años que a duras penas lograba respirar por las nubes de humo que cubrían todo el ambiente. Sin duda era abrumador no saber qué estaba sucediendo, solo pensar que podía morir solo.
De pronto, su borrosa memoria recordó haber escuchado alguna vez que tirarse al piso y respirar en un paño húmedo podría alargar su vida durante un incendio; es por eso que lo hizo y trató de arrastrarse a un extremo de la casa para saber de dónde provenía todo ese humo. Al levantarse del suelo y mirar por la ventana, quedó sorprendido: las nubes de humo eran inmensas, se confundían con el cielo grisáceo. En ese momento pudo entender que el incendio no estaba dentro de su casa, la cual se habría consumido en llamas en segundos con solo una chispa de fuego. Estaba hecha de viejos troncos de madera cortados por él y su padre; el piso estaba cubierto de finas lajas de piedra gris que le daban un toque exquisito a aquella casa de 25 metros cuadrados, de los cuales 10 estaban cubiertos de viejos libros.
El artefacto más moderno que existía en su hogar era una radio, la cual Don Manuel corrió a encender al ver las inmensas nubes de humo; quizás en algún noticiero local estarían hablando de lo sucedido. Como era de esperarse, la señal era escasa; supuso que los cables se habrían quemado como todo lo que estaba a su alrededor. Al salir al patio y mirar al cielo, notó unos cuantos pájaros volando como locos hacia ninguna parte. Era extraño verlos a lo lejos si los árboles alrededor habían sido consumidos por las llamas; él solo quería entender qué había pasado. Miraba desconsolado la nevada de cenizas que cubría el techo de zinc de su humilde hogar; unas flores en su jardín, ahora grises, le daban ánimo para pensar que había vida.
Decidió ir hacia la ciudad por el camino empedrado que él mismo construyó. Al acercarse a la loma más alta, divisó las ruinas del lugar; no quedaba más que cenizas. Era increíble lo que estaban mirando sus ojos; de la noche a la mañana, su paisaje más hermoso se convirtió en su peor pesadilla. No podía dejar de pensar en las personas que habitaban allí, en los niños, los mismos que días anteriores habían llegado a su patio a robar las fresas.
Al sentirse solo, tomó una decisión: se devolvería a su casa, tomaría sus pertenencias y partiría a un nuevo lugar. Sin la ciudad, ya no tendría dónde comprar sus despensas ni dónde vender sus frutas y artesanías. Bajando la colina hacia su casa se sintió cansado, asfixiado, y tuvo que sentarse. Tomó un palo para usarlo de bastón y poder continuar el recorrido que, si bien no era largo, era suficiente para agotar a un anciano. Mientras reposaba, comenzó a imaginar qué hubiera sucedido si él viviera en la extinta ciudad. ¿Cómo habría reaccionado? ¿Habría muerto de un infarto o por asfixia? Sus pensamientos no lo dejaban en paz; estaba agobiado, con ganas de llorar. Como pudo, hizo fuerza para pararse y continuar; el palo que encontró fue su refuerzo para caminar lentamente.
Cuando faltaban unos cuantos metros para llegar a su casa, sintió cómo su camino se iluminaba con una extraña luz que se aproximaba hacia él. No entendía qué pasaba; estaba pálido y sudando frío. En su vida había visto algo similar. La extraña luz se dirigía lentamente hacia él, mientras que Don Manuel estaba inmóvil, perplejo ante la situación. Como si tuviera vida, la luz se paró sobre él. Lentamente, sintió cómo su cuerpo comenzaba a calentarse: sus manos empezaron a rejuvenecer, su rostro se volvía más lúcido y sus piernas tenían la fuerza de un adolescente.
¿Qué estaba pasando? ¿Acaso los alienígenas habían tomado la tierra de su padre para vivir en ella? Si eso sucedía, ¿por qué era el único sobreviviente? Cuando su mirada comenzó a esclarecerse, notó que las flores eran de color brillante, el cielo era azul, no había humo; el camino de piedras era hermoso, tenía grama por los bordes y unas pequeñas cercas de madera que llegaban a la puerta de su hogar.
Aunque el miedo lo consumía, tenía curiosidad de ver lo que había dentro de su casa. Al abrir la puerta, lo primero que pudo notar fue un hermoso espejo que colgaba encima de un gabinete de madera de nogal; era precioso, delicado y sofisticado. El piso estaba cubierto por una delicada alfombra de pieles que daba la bienvenida a sentarse en las cómodas sillas que adornaban el lugar sobre el piso de piedras. Sin darse cuenta, había vuelto al lugar donde creció, un lugar humilde pero con estilo. Al fondo entraba la luz de la cocina; en ella se dibujaba una silueta de mujer: era su madre. La hermosa Doña Teresa se encontraba horneando las deliciosas galletas de mora con pasas que tanto amaba. Al fondo se oían hachazos: era su padre, cortando trozos de madera para la chimenea.
Cuando cayó en la cuenta de lo extraño que era todo, comenzó a dar pasos lentos hacia atrás antes de que fuera visto, pero al intentar escapar sintió una mano que se posaba sobre su hombro. Al voltear, vio a una robusta mujer con una bata y zapatos blancos, con un identificador que la llamaba Adela. Solo pudo sentir su mirada de amor, así que la siguió. Adela lo sentó en una cama y le habló; le preguntó si sabía qué estaba pasando. No supo qué contestar. Ella insistía y continuó tratando de averiguar qué pasaba por la mente de Don Manuel. La mujer le dio una pequeña pastilla acompañada con un sorbo de agua, la cual, sin siquiera preguntar, se tomó sin pensar. Su cuerpo empezaba a sumergirse en un profundo sueño, pero antes escuchó cómo Adela le decía a una compañera de turno que el paciente Manuel había tenido otro episodio de alucinación con sus padres.