Amor, Calma, Consciencia

El Ávila, las palabras y mis primeros pasos

Nací en Caracas, Venezuela, y me crié en una montaña llamada El Ávila, ese majestuoso espacio natural que bordea a Caracas y lo separa de La Guaira. Crecí viendo el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, el mar y el horizonte, ese que parecía infinito en días de mucho sol.

Desde muy pequeña me gustaba escribir. Aquí donde me ves, gané un concurso literario cuando estaba en sexto grado; un logro que para mí fue memorable, aunque para muchos no significara nada.

Estudié Comunicación Social y me gradué como especialista en el área corporativa. Trabajé por seis años en una transnacional donde tuve mis primeros encuentros con la comunicación real y la responsabilidad social empresarial. Amaba comunicar esas bonitas acciones que ayudaban a otros. Desde entonces, podía intuir que el bienestar social era uno de mis motores.

Mi mamá cargándome y mi papá cargando a mi hermana.
Mi hermano Jorge, mi primo Manuel, yo y mi hermana Gabriela
Mi hermano Jorge, mi mamá y yo

El salto al vacío y la caída digital

Trabajé en otros lugares como redactora y coordinadora de medios digitales, pero siempre tuve la cosquilla de saber qué se sentía tener algo propio, emprender con propósito. Así que renuncié a las oficinas y comencé mi camino a ser freelancer, un camino bastante controvertido y que me daba miedo, pero poco a poco me fui abriendo paso en el mundo del marketing y me di a conocer como la chica que asesoraba a emprendedores. Mi trabajo llamó la atención de una empresa norteamericana con la que colaboré activamente hasta el 2024 en programas de ayuda social para emprendedores latinos ubicados en Seattle, Washington, Estados Unidos.

Tuve la oportunidad de asesorar a emprendedores, ayudarlos a entrar en el mundo digital y hacer sus páginas web para aumentar sus ventas. Aprendí muchísimo. Al mismo tiempo, colaboré con una empresa canadiense como project manager.

Mi nombre comenzaba a escucharse, participé en un programa de radio y tenía un norte que parecía ideal. Cuando todo parecía ir bien, Dios, el destino o el Universo quiso que de alguna manera yo parara. Me hackearon todo: la cuenta de Instagram, la página web, mi correo, mi Facebook… se apoderaron de todo y mi huella digital se borró, como si nunca hubiera existido.

Entré en depresión por múltiples factores y situaciones de la vida, por lo que me mantuve en la sombra, haciendo uno que otro trabajo freelancer alejada de las redes.

Mi decepción era tal que comencé a sentir un gran rechazo por el mundo digital. En el camino me encontré a personas que me hicieron ver que las redes sociales no eran mis enemigas, sino que podían ser un puente maravilloso para alcanzar mis sueños.

La pausa que lo cambió todo

Quise retomar mi marca personal, pero ya no me sentía cómoda diseñando páginas web, ni diseñando posts para redes o liderando equipos de proyectos digitales; ya no me llenaba. Fue allí cuando comencé un proceso de introspección para saber hacia dónde quería dirigir mi carrera. En esa pausa me convertí en mamá, y eso me hizo cuestionar más qué quería hacer.

Seguí un par de años intentando resurgir con mi marca, pero me daba mucho miedo darme a conocer, especializarme en algo y que pudiera «perder oportunidades». Inicié un proyecto muy bonito llamado Mente, Cuerpo y Negocios, un podcast que duró cuatro episodios y que hice con muchísimo amor, no tenía claro que quería aun. 

Lo único que estaba haciendo era enrollar más la cabuya. Así que, como no tenía nada mejor que hacer, tuve a mi segundo hijo y allí ya me tocaba tomar una decisión: ¿Qué rayos haría para continuar mi carrera profesional?

 Trabajar con propósito es el verdadero éxito

Cuando más confundida me sentía tomé una decisión, sin nada que perder, envié un correo a una marca que diseñaba planners financieros y ganaba mucho dinero desde Venezuela, y yo quería lo mismo.

Quince días después de mi desesperado correo, la marca me contactó para trabajar con ellos en el área de soporte técnico.

Con muy poquito tiempo trabajando me ascendieron a asistente gerencial y coordinadora del área de soporte. Estuve más de un año trabajando con ellas y lo que aprendí te sorprenderá: aprendí que el trabajo que se hace con propósito tarde o temprano genera frutos; no es comenzar una marca por el dinero, es crear algo que impacte y que disfrutes para que te vaya tan bien que el dinero llegue solo.

El balde de agua fría me cayó cuando nuestra jefa, ahora gran amiga, nos comunicó que no seguiría con el proyecto, que se tomaría un tiempo para darle forma a su marca personal. Duré tres meses con un duelo laboral y durante ese tiempo decidí empezar, de nuevo, mi marca, con la diferencia de que esta vez hablaría sobre mi realidad, mi vida como mujer, como mamá y como freelancer para inspirar a otras mujeres. También quería transmitir enseñanzas de vida a los niños, esas que yo les digo a mis hijos a diario.

Cuando la tierra se mueve, nacen las historias

Y a pesar de tener todo muy claro, seguía teniendo miedos, dudas y estaba paralizada por el análisis. Entonces llegó lo más duro que jamás imaginé vivir: Venezuela fue sacudida por dos terremotos con solo 39 segundos de diferencia; casi dos minutos donde el miedo se asomó de frente.

Por fortuna aquí estoy: viva, entera, con el corazón en mil pedacitos por los amigos y conocidos que perdieron la vida en esa terrible tragedia, así como las miles de almas que se fueron el mismo día a causa del temblor.

En la búsqueda razonable de hacer entender a mis pequeños lo que había sucedido, nació «El día que la tierra bostezó». Motivada por lo bien que mis hijos pudieron comprender la situación, me animé a ayudar a otros niños que, al igual que los míos, aún sentían miedo. En el camino nació Pablo y su nido de amor. y Emma y su nuevo refugio, así como la guía para padres. Pero lo que verdaderamente nació fue mi valor para darme a conocer por lo que soy: una escritora venezolana que ayuda a sanar a través de las palabras, con mis vivencias y con la observación e interpretación creativa de otras realidades.

Y la otra parte de la historia, se está por escribir...