Había una vez un lugar lleno de luz, árboles verdes y cantos de pajaritos, llamado Venezuela. En ese lugar vivía la Madre Tierra, que es como una casa gigante y amorosa donde todos jugamos, dormimos y crecemos.
Una tarde, el 24 de junio, la Madre Tierra se sintió un poco cansada de estar en la misma posición. Llevaba mucho tiempo quieta y, así como tú te estiras cuando te despiertas de la siesta, ella también necesitó estirarse.
¡Y vaya que se estiró! Hizo un primer bostezo largo y el suelo se movió como si estuviéramos en un columpio: ¡balanceo por aquí, balanceo por allá!
Los árboles bailaron, las casitas saludaron y las personas se abrazaron muy fuerte. A los pocos minutos, la Tierra dio un segundo bostezo, un poquito más pequeño, para terminar de acomodarse bien.
Como fue un estiramiento tan grande, la Tierra ahora se está quedando dormida poco a poco. Y mientras se acomoda en su almohada para dormir profundamente, a veces se mueve un poquito, como cuando tú te das la vuelta en la cama. Son pequeños movimientos sutiles para terminar de descansar.
Cada vez que sientas que se mueve un poquito mientras ella se duerme, tu único trabajo es buscar el abrazo de mamá, de papá o de los adultos que te cuidan. Ellos son tus superhéroes y siempre te mantendrán a salvo.
Ahora, mientras la Tierra termina de acomodarse, el sol sigue saliendo cada mañana, los pajaritos cantan y tú estás aquí, protegido y rodeado de mucho, mucho amor. Y colorín colorado, este cuento de calma se ha terminado.