Tras vivir uno de los mayores desastres naturales ocurridos en mi país, Venezuela, hacer tareas cotidianas se siente raro. Hay una sensación de culpa y tristeza solo por tener la fortuna o dicha de tomarte una taza de café en el balcón de tu casa.
El pasado 24 de junio del 2026, en plena conmemoración de la batalla de Carabobo, los venezolanos disfrutábamos de nuestro día libre ya que era feriado nacional, por lo que muchos decidieron dar un paseo en la ciudad, visitar la playa, y otros preferimos reunirnos en familia.

Ya en esa hora rara cuando no es ni tarde ni de noche, cuando tu cuerpo está ansioso por tomar un descanso, llegó sin avisar un primer terremoto de 7.2 de magnitud que nos hizo cuestionar, en un segundo, el valor que tiene la vida. Y por si fuera poco, y antes de terminar esa primera sacudida, nos enfrentamos a un segundo terremoto con solo 39 segundos de diferencia del primero. Lo único verdaderamente distinto fue su magnitud: la tierra golpeaba con mayor fuerza. El terremoto de 7.5 de magnitud terminó de desplomar lo poco que quedaba en pie.
Miles de personas fallecidas, otras tantas sin hogar, todos buscando la manera de ayudar… pero es inevitable no sentirse mal, y lo cotidiano se vuelve raro. Tomar una ducha con agua caliente, ver la televisión, cocinar, sentarse a leer… hasta sonreír se siente pesado.
¿Cuándo volverá la normalidad y podremos arrancarnos este miedo e incertidumbre que nos embarca? ¿Cuándo dejaremos de sentir culpa por estar bien mientras otros se fueron repentinamente y muchos más están durmiendo en plazas y centros deportivos porque lo perdieron todo?
Lo cotidiano se siente raro. ¿Algún día pasará?